Quijano, Aníbal
Aníbal Quijano Obregón nació el 17 de noviembre de 1930 en Yanama, un pequeño distrito de la provincia serrana de Yungay, perteneciente al departamento de Áncash, Perú. En 1948 se trasladó a Lima para realizar estudios universitarios en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). En un principio, Quijano se propuso estudiar medicina. Sin embargo, rápidamente abandonó los estudios médicos y se incorporó a la Facultad de Letras y Humanidades, donde finalizó sus estudios de grado en el Departamento de Historia. Posteriormente, realizó una maestría en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) y trabajó como investigador profesional para la CEPAL en Santiago de Chile. Durante este período, se asentó en el campo de la sociología.
El recorrido teórico y político de Quijano es sinuoso y diverso. Su obra está marcada por el despliegue de diferentes enfoques, así como por el estudio y la intervención sobre una multiplicidad de encrucijadas epocales. En este sentido, cada lector –y cada época– puede –y podrá– hacer de sus reflexiones un marco de interpretación o un objeto de indagación diferente, elaborado a la talla de sus propias preguntas y urgencias históricas. En este sentido, en los párrafos que siguen se traza un recorrido por su obra tomando como eje una cuestión fundamental para sus reflexiones: la heterogeneidad histórico-estructural de la realidad social, entendida como problema, pero también como presupuesto para el análisis de los más diversos fenómenos y procesos.
Quijano inaugura su trayectoria intelectual con la edición de dos compilaciones que no están integradas por escritos propios. No obstante, se trata de dos libros significativos. El primero de ellos presenta un conjunto de “Ensayos escogidos de José Carlos Mariátegui” (1956). El segundo, en cambio, está dedicado a “Los mejores cuentos americanos” (1957). Vistas en conjunto, estas publicaciones ensamblan no solo los intereses y preocupaciones fundamentales del autor –la política, el arte y la historia, solo por mencionar las más obvias–, sino también la tradición intelectual con la que se entrelaza su mirada: un marxismo atento a las múltiples dimensiones que componen, en una interrelación compleja, la experiencia histórico-social.
Hacia la década de 1960, Quijano da inicio a su producción propiamente sociológica. La primera etapa de su obra abarca un conjunto de escritos elaborados entre 1962 y 1965, que se enmarcan en una “sociología crítica”; y una serie de investigaciones sobre urbanización y marginalidad publicadas entre 1966 y 1971, que se apoyan teóricamente en el “estructuralismo histórico dependentista”.
El primer grupo de trabajos tiene como núcleo una pregunta por las transformaciones de la “sociedad tradicional” peruana, a mediados del siglo XX. Por un lado, los escritos indagan en la emergencia de un nuevo grupo social intermedio: los cholos. Por el otro, en relación directa con tal fenómeno, sus estudios investigan una serie de conflictos campesinos en ascenso. En “El cholo y el conflicto cultural en el Perú” (1964), Quijano propone que este nuevo grupo surge de una dramática articulación entre elementos de la sociedad tradicional-campesina y moderna-urbana. Tal articulación es característica de lo que, con gran originalidad, denomina “sociedad ‘de’ transición”. Esta figura pretende, simultáneamente, dar cuenta de una totalidad social como la peruana, que articula de manera conflictiva y permanente elementos culturales, institucionales y estructurales vinculados con distintas sociedades; y, a la vez, invita a discutir la idea de que las sociedades de América Latina se encontraban “en” una transición más o menos lineal, desde un tipo de sociedad tradicional a una moderna.
La “sociedad ‘de’ transición” peruana de la década de 1960 es un escenario de conflictos sociopolíticos particulares. Para Quijano, uno de los más relevantes es el que tiene como protagonistas a los campesinos. Estas luchas aúnan, por un lado, a la oligarquía terrateniente y la incipiente burguesía local. Por el otro, a un conjunto de grupos dominados en los que confluyen indígenas, campesinos y, en particular, cholos. Precisamente por desplegarse en una “sociedad ‘de’ transición”, el conflicto que protagonizan estos sujetos, a la vez que articula grupos dominados diversos, también implica el despliegue de repertorios políticos y culturales de distinto signo. En la mirada del autor resulta significativa la conjunción de estrategias sindicales y urbanas con formas de organización comunitaria de la tierra y del poder. Del mismo modo, destaca la compleja articulación de ideologías políticas modernas con mitos indígenas, como el de “Inkarri”.
El segundo conjunto de investigaciones que componen esta primera etapa está dedicado a los problemas de la urbanización y la marginalidad. Estos escritos, publicados entre 1966 y 1971, surgen de la participación de Quijano en el Programa de Investigaciones sobre Urbanización y Marginalidad de la División de Asuntos Sociales de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). En ellos, el peruano sostiene que los obstáculos para la urbanización de las sociedades de América Latina emergen de las relaciones dependencia de las clases dominantes locales con las metropolitanas. Este vínculo asimétrico da lugar a un proceso de desarrollo desigual que desencadena una particular “dialéctica cultural entre lo rural y lo urbano”, en la que lo rural se urbaniza y lo urbano se ruraliza. Tal hipótesis, entonces, presenta la urbanización de la periferia como un proceso no lineal, que configura una heterogeneidad conflictiva sui generis.
Como corolario de estos estudios, Quijano publica un análisis pormenorizado del problema de la marginalidad. En este punto, su obra muestra un primer desplazamiento teórico hacia el materialismo histórico, que alinea su mirada sociológica con su militancia política socialista y revolucionaria. El trabajo “‘Polo marginal’ y ‘Mano de obra marginal’” (1970) propone que la penetración del capital extranjero y monopólico-industrial en la periferia da lugar a la conformación de un núcleo de alta productividad industrial relativamente autónomo y, en el mismo movimiento, crea un polo de actividades y servicios de baja productividad y desempleo permanente. En tal esquema, la marginalidad urbana es un emergente de una estructura económica dependiente, que se articula con una estructura de dominación y conflictos sociales específicos.
La década de 1970 abre una segunda etapa en la trayectoria de Quijano. Este período está marcado por el despliegue de una “teoría marxista del imperialismo”, a partir de la cual aborda nuevas encrucijadas epocales. Su mirada se vuelca de forma contundente –y casi obsesiva– hacia el análisis y la intervención sobre el Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada en el Perú (1968-1970). Este gobierno militar, en principio encabezado por el Gral. Juan Velasco Alvarado, llevó adelante transformaciones profundas en la sociedad peruana: la nacionalización de recursos naturales y empresas claves, una reforma agraria que liquidó casi de manera definitiva el poder oligárquico-terrateniente, un fuerte impulso de la industria y una reconfiguración del sistema político y las jerarquías sociales, entre otras. El libro con el que da inicio al estudio de este proceso es “Nacionalismo, Neoimperialismo y Militarismo en el Perú” (1971).
Durante este período, junto a trabajadores e intelectuales de izquierda, Quijano fundó y dirigió la revista Sociedad y Política y el Movimiento Revolucionario Socialista. Dos instrumentos de intervención intelectual y política profundamente interconectados, cuya actividad le costaría un exilio en México (1973-1975). A través de una multiplicidad de escritos, mayormente publicados en la revista, Quijano analizó el proceso militar con escepticismo y desconfianza. Para el autor, las reformas del gobierno militar modifican significativamente la estructura social vigente, articulada en torno al poder oligárquico-terrateniente, en favor de una incipiente burguesía industrial. No obstante, desde su punto de vista, el fundamento último de tales reformas es la reconfiguración de las relaciones de dependencia en sintonía con los nuevos requerimientos del capital monopólico-industrial. En este esquema, la centralidad que asume el Estado como actor económico y centro de la estructura de dominación política resulta clave, ya que cumple con las tareas de una burguesía local que por debilidad no logra erigirse como clase dominante.
El análisis de Quijano, a contrapelo de gran parte de los estudios del período, sugiere que, a partir de las reformas del gobierno militar, la sociedad peruana experimentó una homogeneización en un sentido capitalista, pero sobre la base de una nueva heterogeneidad estructural. Tal heterogeneidad no implica la articulación de elementos sociales tradicionales y modernos, sino fundamentalmente de formas de propiedad privada y no privada, en particular estatal, articuladas en torno al capital imperialista. Este proceso, en su mirada, produjo nuevas fracciones al interior de las clases trabajadoras y dominantes, cuyos conflictos intentaron contenerse con el despliegue de una estructura de dominación corporativista. Tal intento fracasó y el gobierno militar colapsó hacia el final de la década de 1970. Mientras la economía entraba en una profunda crisis, Perú ingresó en un proceso de transición hacia la democracia signado por un conflicto de clases ascendente, que posteriormente dio lugar a un trágico escenario de violencia política.
Los análisis que el autor elaboró durante este período, cabe destacar, contienen una fuerte pretensión de intervención práctico-política. Frente al capitalismo de Estado y la dominación corporativista que, según Quijano, pretendía configurar el gobierno militar, el sociólogo peruano opuso un proyecto político socialista de fuerte impronta comunitarista. En este punto de su trayectoria, entonces, es posible encontrar plasmada una mirada sobre la emancipación que está presente en sus estudios precedentes y que lo acompañaría hasta el final de su vida. De acuerdo con su mirada, la estatización de la producción y la propiedad privada es una forma de reprivatización del poder que no suprime la dominación entre grupos sociales. Por lo tanto, afirma que un proyecto político orientado hacia la liberación de las masas solo puede tener como fundamento la socialización del poder político, incluso de forma previa a cualquier tipo de socialización de la propiedad.
La tercera gran etapa de su trayectoria intelectual comienza a desplegarse durante la década de 1980. Perú retorna a la democracia en 1981 y Quijano da por finalizada la experiencia de Sociedad y Política y del Movimiento Revolucionario Socialista. Se trata de un momento transicional en la obra del peruano: en principio, el autor deja de lado su “teoría marxista del imperialismo” y, movilizado por la crisis del socialismo real y del marxismo, despliega una serie de reflexiones teóricas sobre las ciencias sociales y la posibilidad de construir una “racionalidad alternativa”. En este proceso juega un papel central su relectura del legado de Mariátegui. Quijano encuentra en el pensamiento del Amauta una fuente de inspiración para proponer un presupuesto clave de lo que luego sería su enfoque más reconocido, la teoría de la colonialidad del poder. Para el autor, el pensamiento de Mariátegui, al indagar en la coexistencia entre el mito y el logos, abre el camino para desplegar un enfoque en el que la heterogeneidad de lo social no sea una mera constatación empírica, sino un presupuesto central para analizar el desenvolvimiento de la historia. El libro “Modernidad, Identidad y Utopía en América Latina” (1988), así como el artículo “La nueva heterogeneidad estructural de América Latina (1989), condensan este desplazamiento epistemológico.
A partir de la década de 1990, Quijano coloca en segundo plano el estudio cotidiano y minucioso de las procesos peruanos y latinoamericanos, para concentrarse en el desarrollo de su enfoque más reconocido: la “teoría de la modernidad y la colonialidad del poder”. De esta manera, el análisis del proceso histórico de largo alcance que dio lugar al “patrón de poder actual”, la “modernidad capitalista colonial”, se antepone a sus estudios de coyuntura. Dos escritos inauguran el despliegue de tal enfoque: “La americanidad como concepto, o América en el moderno sistema mundial”, coescrito con Immanuel Wallerstein; y “Colonialidad y Modernidad/Racionalidad” (1992). Allí, Quijano presenta por vez primera el concepto de colonialidad con el objetivo de señalar las formas de dominación que perduran una vez que el colonialismo, entendido como el control directo de un Estado-Nación sobre otra sociedad, desaparece de manera formal.
El núcleo de la colonialidad del poder es la clasificación racial de la población, que nace con la conquista de América y se torna el instrumento fundamental de dominación en la modernidad. Su lógica impregna todos los “ámbitos de existencia social”, especialmente los del trabajo, la autoridad política y el conocimiento. En el primero, habilita la articulación de una heterogeneidad de formas de explotación, tales como la servidumbre y el esclavismo, pero también la reciprocidad, en torno al capital. En el segundo, limita la democratización de las relaciones sociales en general y de la participación política en particular. En el tercero, opera como el fundamento del eurocentrismo, que subsume el resto de las formas de conocimiento a la “modernidad/racionalidad”. Así, la colonialidad se presenta como el eje de articulación fundamental de la heterogeneidad social y se configura como un patrón de poder histórico particular.
La delimitación de este fenómeno abre un ámbito de investigaciones y reflexiones que abarca más de la mitad de la producción intelectual del autor. Así, en el tercer y último tramo de su trayectoria intelectual, Quijano indaga una multiplicidad de cuestiones, tales como el Estado-Nación, la democracia, la globalización, el poder, la dominación de género, el racismo, el capitalismo y la historia de la modernidad, con base en una amplia pregunta por la colonialidad. Entre estas cuestiones, el conocimiento, en particular las ciencias sociales, ocupa un lugar privilegiado. Uno de los desplazamientos más relevantes que surgen de la teoría de la colonialidad es la propuesta de abandonar la teoría de las clases sociales, que el autor considera limitada para captar la compleja heterogeneidad histórico-estructural de las relaciones de poder, en favor de una teoría de las clasificaciones sociales.
Pero la teoría de la colonialidad es, también, una propuesta política emancipatoria. Al igual que en los tramos precedentes de su producción, Quijano intenta delinear estrategias para superar las formas de dominación centrales del capitalismo y la modernidad. La “teoría de la modernidad y la colonialidad del poder” no escapa a esta propuesta, que reformula de un modo particular. En este tramo de su obra, a diferencia de los precedentes, la emancipación requiere supone en primera instancia una reformulación de los marcos de interpretación y conocimiento, que permita reclasificar las relaciones sociales en un sentido democrático radical. Solo a partir de esta operación, la emancipación de toda forma de dominación puede transformarse un “nuevo horizonte de sentido histórico”.
Quijano falleció el 31 de mayo de 2018 en Lima, Perú. Sus restos fueron velados en La Casona de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
