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Potencia plebeya

Ramiro Parodi

“Potencia plebeya” es, en rigor, el nombre del libro que Pablo Stefanoni compiló en 2008 y a través del cual se dio a conocer masivamente una obra que ya tenía veinte años de producción ininterrumpida pero que, con el ascenso de Álvaro García Linera a la vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia, cobró aún más relevancia. No se trata de un concepto ni de una tesis explícitamente enunciada por el intelectual boliviano.

Por lo tanto, lo primero que habría que mencionar es que por problemática entendemos un modo de leer la relación entre práctica teórica y práctica política. Esto implica pensar en la unidad que organiza esa relación que, en el caso de García Linera, inevitablemente remite a la cuestión indígena que tiene entre sus principales fuentes teóricas a Fausto Reinaga y a José Carlos Mariátegui pero también a los documentos de la URNG (Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca) y el FMLN (Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional). Esa inquietud está sobredeterminada por la coyuntura en la que es pensada: el Estado del 52. Es decir, el período que se despliega entre la Revolución del 52 y el comienzo del neoliberalismo en Bolivia con el decreto 21060 de 1985 que tiene al sujeto indígena campesino como uno de los principales actores de las resistencias de la época. 

La unidad a la que “potencia plebeya” remite es a la de la conceptualización de la práctica política en su articulación compleja con los procesos de democratización y desdemocratización. Las problemáticas no tienen “origen” pero sí es posible señalar que esta inquietud cobra centralidad en la obra de García Linera en el marco de las movilizaciones de principios del siglo XXI denominadas “Guerra del Agua” (2000), los bloqueos campesinos de septiembre (2000) y la “Guerra del Gas” (2003). Esto tiene una explicación evidente: son los momentos políticos igualadores. No son meras resistencias, son victorias al interior de la lucha de clases.

García Linera, cuya obra se caracteriza por el primado de la práctica política sobre la práctica teórica, había visto la derrota de la lucha de clases en la “Marcha por la Vida” (1986). De ahí extrae un conjunto de lecciones que la organización política deberá tener en consideración: la reconfiguración de los sindicatos a partir de una nueva relación con el Estado, las transformaciones en el proletariado en el marco del nacimiento del neoliberalismo en Bolivia y la necesidad de una organización indígena campesina para la nueva época que nacía con las transformaciones del modelo productivo local. Parecería que la coyuntura de principios del siglo XXI muestra que algunas de esas lecciones se aprendieron y que es posible presentar una alternativa política frente a las “evidencias” del neoliberalismo globalizador.

Por este motivo “potencia plebeya” es algo siempre presente pero que, en el marco de un encadenamiento de victorias (las resistencias exitosas a los procesos privatizadores del agua y el gas), cobra centralidad en el modo de leer que es, al mismo tiempo, una forma de escribir y conceptualizar la escena boliviana del siglo XXI. Es preciso señalar que esta problemática no es de García Linera (ninguna problemática tiene autor), sino que es propia del momento político. Él junto al Grupo Comuna (conformado por Luis Tapia y Raúl Prada y con frecuentes participaciones de Raquel Gutiérrez y Oscar Vega Camacho) se dedican a traducirla. Una problemática no es algo que está en la superficie visible, requiere de una operación de lectura que la extraiga y la presente como una formación teórica. Eso hace el Grupo Comuna en esos años. 

“Potencia plebeya” tiene su propia temporalidad que podría situarse en el recorte entre 2000 y 2009; un tiempo atravesado por la presencia de movimientos sociales en manifestaciones callejeras como las de 2000 y 2003, un trastocamiento en la correlación de fuerzas, la elección del primer presidente indígena (2006), la contrarrevolución del 2008, el referéndum que ratificó a Evo Morales en el poder ese mismo año y la sanción de una nueva Constitución (2009). Es el tiempo bajo el primado de la práctica política.

Interdiscursivamente la problemática encuentra su vínculo con la publicación El regreso de la Bolivia Plebeya, una intervención colectiva para pensar La Guerra del Agua. Ahí García Linera define lo que denominamos como operación de traducción de la “potencia plebeya” al intentar describir la empresa del Grupo Comuna: “La lucha de las clases es un movimiento real que se transforma incesante y aleatoriamente ante nuestros ojos, y en tal medida, las organizaciones obreras, mediante las cuales esa lucha se expresa y se constituye teóricamente, son también modificadas por ese movimiento de fuerzas estructurales que acontece en los campos de la vida social” (García Linera, p. 167, 2008 [2000 D]). Los autores leen esa relación compleja entre sujeto y política como una fuerza en acto que requiere ser intensificada. Es decir, la fuerza debe poder expresar su potencial, su resto de energía que aún puede producir efectos. Parte de la lectura radica justamente ahí. No solo en ver y describir la fuerza activa sino también en la potencial. Por eso es que al mismo tiempo que detallan cómo esa fuerza expresa una transformación en las organizaciones obreras (la tensión entre mineros y campesinos), la práctica teórica también busca pensar cómo puede continuar convulsionando esa fuerza para desplegar todo su potencial. La intuición es que el principio del siglo XXI boliviano es un momento de liminal, una coyuntura abierta al modo en el que los sujetos puedan incidir en el modelo de organización social que posteriormente se estabilizará. García Linera habla permanentemente en esos años de una “apertura cognitiva” (producto de un encuentro entre una crisis y diversas prácticas políticas) de la sociedad a verse interpelados por nuevas ideas. 

Por eso lo “plebeyo” no es ni lo obrero ni lo campesino sino la multitud en acto. Categoría que suspende los a prioris teóricos y traduce la práctica política del momento leyendo tanto el accionar de las masas (su tejido de alianzas, sus formas de protesta, sus documentos) como el escenario mismo (las transformaciones del capitalismo, las clases sociales y el Estado en Bolivia) en el que se despliegan.

La paradoja es probablemente la cifra del pensamiento lineriano. Durante muchos pasajes de su obra el boliviano piensa en  totalidades fallidas o, leyendo a Marx, en la “comunidad ilusoria”. Recupera esta axiomática trunca del “principio de incompletitud” de matemático Kurt Gödel. Los teoremas de la incompletitud de Gödel muestran que no hay axiomatización de la matemática posible. Se trata de un límite ontológico a la matemática que García Linera recupera para pensar la política: no hay fórmulas. En otras palabras, no hay “teoricismo” o posibilidad de la teoría de anticipar a la política. La teoría política debe evitar los tentadores desvíos oraculares al mismo tiempo que vigilarse constantemente. Los problemas políticos no se resuelven, se cabalgan. El mismo sistema que puede mostrar coherencia y consistencia en un momento puede desvanecerse en otro.

Por ese motivo el sujeto de la potencia plebeya no es ni el minero ni el campesino sino la “multitud en movimiento” o “multitud actuante”. Estas denominaciones buscan captar la relación entre sujeto y acción política. La multitud se mueve y actúa en una situación determinada a partir de la cual se puede intentar esbozar una teoría inestable de la práctica política. La teoría de la multitud funciona como una crítica contra las instituciones políticas tradicionales como el Estado, el sindicato y los partidos políticos. La multitud es el revelamiento de la crisis de estas instancias frente a una incapacidad de representación. En otras palabras, la multitud es subjetivación proyectiva, creativa e imaginaria que no se deja objetivar por los regímenes de obviedad. 

La problemática de la “potencia plebeya” exige una teoría de la temporalidad compleja que los propios miembros del Grupo Comuna intentan describir cuando señalan que “Abril fue un momento de condensación de varios procesos y temporalidades. Hay una temporalidad del orden liberal neocolonial en la que transcurren los procesos de privatización y el sistema de partidos así como el ejecutivo (…) este es el tiempo de la sustitución y las fantasmagorías. (…) El crecimiento de la coordinadora y su fuerza se basa en una intensificación del tiempo de presencia política de lo popular, que ha creado sus propias formas de deliberación democrática y de representación y participación (…) Este es el tiempo de la presencia política de la plebe o del pueblo. En el altiplano la presencia política de los bloqueos responde a otra temporalidad milenaria. Es la presencia de lo comunal o comunitario, fuera de su núcleo social (Gutiérrez, García Linera y Tapia, pp.192-194, 2007 [2000]).

Los autores buscan trazar la complejidad de ese presente en el que la acción política intenta ser pensada. Describen hechos, tácticas e irrupciones. Es evidente que “potencia plebeya” es un nombre para intentar pensar la complejidad de la práctica política.  Fugaz, ecléctica, prediscursiva, la práctica política pensada de este modo se encuentra en el fondo y en la superficie de su presente. Abierta a la contingencia y asediada por sus espectros.

Pero en tiempos de derrota la potencia plebeya también puede ser pensada como el resto que impide el crimen perfecto del modo de producción capitalista. No es vago sugerir que, en la obra de García Linera, la política siempre es potencia intermitente donde son más los momentos de represión que los de irrupción. No habría con claridad en el autor una “política de lo cotidiano” ni mucho menos de lo personal. 

Cuando la coyuntura política del 2000 al 2009 se objetiva en un Estado Plurinacional, leyes igualadoras, aumento de salarios, equiparación étnica, redistribución de la riqueza socialmente producida, recuperación de recursos naturales y demás virtudes que ha tenido el Movimiento al Socialismo, la potencia plebeya se vuelve simbolizable y reconocible. Sin embargo, hay un resto. Lo “plurinacional” parte del reconocimiento de su condición paradojal que lidia entre la intrínseca violencia que implica la monopolización de los universales pero, al mismo tiempo, la posibilidad de hacer de ello la expansión de los comunes en una nación en la que históricamente el Estado fue la herramienta de la clase dominante para racionalizar el exterminio de los indios y naturalizar la pobreza.

Este Estado Plurinacional supone una articulación entre una problematización del sujeto político y de la democracia que García Linera denomina como “democracia comunal” (p. 323, 2008 [2001]) haciendo referencia al conjunto de prácticas que se despliegan tales como los cabildos y las asambleas las cuales (en una discusión contra la teoría de la acción comunicativa de Habermas) ponen en juego formas de la igualdad. Estas instancias se oponen al Estado Liberal que ha institucionalizado la desigualdad y recuperan la forma de organización realmente existente entre muchas comunidades bolivianas, los ayllus. 

El proceso que define a este Estado se juega entre una estructura democrática heredada (a través de una victoria electoral como la del MAS) y la posibilidad del desarrollo de un conjunto de acciones que recuperen el acontecimiento que produjo las condiciones de esa victoria y del cual se nutre de instituciones y demandas el nuevo gobierno. El resultado de este juego es precisamente la expansión o la contracción de lo común, lo colectivo y lo universal. En otras palabras, el rol del Estado es fundamental porque tiene construido un puente con la potencia plebeya. Así, puede favorecer momentos de acción autodeterminada a favor de la lucha por un proceso revolucionario o puede cancelar esas acciones y coartar los impulsos creativos. 

Hay común sin “mediación estatal” (García Linera, 2023 [2021], p. 90) que funcionan tanto como “soporte de formas de asociatividad intercomunal a gran escala, capaces de producir un modo de vida social expansiva, diferente a todo lo que hasta hoy hemos conocido” pero también “pueden ser tipos de riqueza común de reserva para nuevas expansiones territoriales del capitalismo contemporáneo” (García Linera, 2023 [2021], p. 93).

García Linera demuestra que en la periferia latinoamericana, donde el Estado ha sido copartícipe de los escasos momentos igualadores de la región, no se puede pensar a la problemática de la “potencia plebeya” sin ubicar su relación con lo estatal. No hay “estado de naturaleza” de las comunidades o las organizaciones. No hay sujetos sin relación con el Estado, silvestres o solo en relación oposicional al Estado. El Estado, con sus infinitas contradicciones, es una de las formas de la relación social en el modo de producción capitalista. El Estado y la “potencia plebeya” conforman así dos  partes de una dialéctica cuyo telos no se ubica en una forma futura perfecta sino en la recuperación y la expansión de los comunes que ya existen.

Referencias

García Linera, A. (2007). El regreso de la Bolivia plebeya. Muela del Diablo Editores. (Obra original publicada en 2000)

García Linera, A. (2021). Lo común, lo público y el Estado. En La comunidad ilusoria: Una reflexión sobre el Estado, lo público, lo común, la protesta ciudadana y la esperanza en tiempos de incertidumbre mundial. Sudamericana. (Reimpresión en 2023)

García Linera, A., Gutiérrez, R., Prada, R. y Tapia, L. (2007). El regreso de la Bolivia plebeya. Muela del Diablo Editores. (Obra original publicada en 2000)

Parodi, R. y Tzeiman, A. (Comps.). (2021). Para lxs que vendrán: Crítica y revolución en el siglo XXI. Selección de conferencias, artículos y entrevistas (2010-2021). Centro Cultural de la Cooperación; Universidad Nacional de General Sarmiento.

Stefanoni, P. (Comp.). (2008). La potencia plebeya: Acción colectiva e identidades indígenas, obreras y populares en Bolivia. CLACSO; Prometeo.